La dolcevita de Cartagena de Indias

La dolcevita de Cartagena de Indias

Por: Pepa Úbeda

Escritora-periodista española

 

A las cinco de la tarde aparece Israel Díaz, mi cicerone de la Cartagena caribeña.

 

—Apresurémonos si queremos ver la puesta de sol— me dice con sonrisa tímida pero franca i reluciente.

 

Empezamos a circundar la ciudad desde la muralla. No tarda en asomar una luna anaranjada y glotona velada de nubes filamentosas color lila y enmarcada por cimbreantes palmeras que pintan de verde un cielo intensamente turquesa. La escena me recuerda de inmediato el final de la película Habana de Sidney Pollack, cuando la voz en off de Robert Redford / Jack Weil se funde con las olas de Miami esperando que algún día Lena Olin / Roberta abandone Cuba y se reúna con él.

 

Al tiempo que la brisa se agita como un refrescante abanico, los turistas se van acercando en pequeños grupos al malecón —bárbaros contemporáneos,  bucaneros sin nave que llevan generaciones irrumpiendo en la ciudad fortificada tras desplazar a sus antiguos pobladores. Me pregunto si no podría hacerse reversible la situación algún día, como les ocurrió a aquellos colonos blancos y racistas sudafricanos de la magnífica novela de Coetze, Waiting for the Barbarians, que ven amenazado su corazón de las tinieblas por los descendientes de los indígenas que han empezado a sitiarlo.

 

De vez en cuando, se incorpora al paseo algún grupo numeroso que sigue obediente a un timonel-guía turístico. Son los usuarios de los transatlánticos que prefieren habitar en camarotes insonorizados con ojos de buey ciegos a la realidad.

 

No pasa mucho tiempo y ya Israel se detiene y me detiene. Apunta con el brazo hacia un muro pintado de naranja intenso por el sol del que emerge como una sólida tarta la casa de Gabriel García Márquez, el escritor que mejor ha retratado a las vigorosas mujeres costeñas de este país, así como a los hombres inmaduros y esquivos que les han tocado en suerte. La casa respira silencio y armonía.

 

Desde la explanada, los “tumores” de cemento extramuros apuntan hacia el cielo como cohetes espaciales escupiendo destellos metálicos.

 

A medida que nos adentramos hacia el centro en círculos cada vez más reducidos, la agitación aumenta. De algunos muros cuelgan posters donde se lee  “HAY FESTIVAL”, evento que reunirá en los próximos días a 165 escritores, filósofos y actores de todo el mundo. Cartagena se ha convertido en el “hotel boutique” del país. Aquí se hospedan invitados por el ejecutivo colombiano jefes de gobierno y famosos y famosillos de todo el planeta. Sin embargo, no todos los colombianos están de acuerdo y Barranquilla, por ejemplo, inaugurará dos días más tarde un festival alternativo popular al que está invitado todo el mundo.

 

A pesar de sus estrechas calles, el tráfico es tan denso y abrumador como en el resto de Colombia. En los numerosos edificios antiguos, espléndidas gemas arquitectónicas, se reflejan las sombras de la noche, quizás son sus gestos de irritación ante el acoso de motores y vulgaridad. Resulta sospechoso que la UNESCO no amenace a los próceres con retirarle a este tesoro el título de Patrimonio de la Humanidad como hace en otras ciudades cuando la circulación es tan violenta. Solo a los constructores de un rascacielos color carbón situado junto a la muralla se les ha obligado a derruirlo si no quiere la ciudad perder dicho título. Si terminan acatando la orden, las víctimas serán los compradores que han sepultado en la torre todos sus ahorros.

 

Israel Díaz me habla de FUNSAREP, organización de la que es uno de los responsables. Trabajan por el empoderamiento de las mujeres y los hombres de la Cartagena de verdad, la que visitaré mañana. Todo el mundo lo conoce por su implicación en proyectos como ese. Mientras buscamos un sitio donde cenar platos tradicionales que, sorprendentemente, aun se elaboran en algunos restaurantes, me cuenta que, en 10 años, han pasado por aquí 10 alcaldes acusados de corrupción. A las nueve de la noche, las calles son ya un carnaval. La gente cena, pasea, baila, ríe, charla, canta, bebe…  Se trata de los bárbaros de lujo y chabacanos que se posan por un instante en esta ciudad bombonera, en esta Roma atlántica de la Dolce Vita

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